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José Antonio Ramos Sucre y la inmortalidad

Rafael Arráiz Lucca

En estos meses finales de 1999 se cumplen 70 años de la publicación de dos libros excepcionales: El cielo de esmalte y Las formas del fuego. Ambos publicados en Caracas por su autor, pocos días antes de irse a Ginebra, donde ha sido designado Cónsul y la muerte lo espera en la sintética expresión de un frasco de pastillas.

En estos tiempos aciagos en los que el país se nos ha vuelto la pesadilla que temí al comienzo de este Gobierno, en la desolación que acompaña a los medianamente lúcidos que vamos quedando antes de la hipnosis total, nos acompaña la obra excepcional de un cumanés que se quitó la vida a los cuarenta años, cuando ya la existencia se le había hecho intolerable. El autor de esta obra imperecedera, como ha ocurrido frecuentemente en Venezuela, pasó por el mundo sin recibir mayores atenciones hacia su trabajo. Sus contemporáneos no lo ignoraron del todo, pero tampoco advirtieron el prodigio que latía en sus páginas. Sus contemporáneos, como suele suceder, estaban más urgidos por eso que en nuestro país ha devorado décadas y centurias de manera inclemente: la realidad, la cruda realidad. Mientras su paisano, el cantor del pueblo Andrés Eloy Blanco, lograba anidar con sus versos en el alma nacional, las piezas de Ramos Sucre pasaban de largo como un tren desvencijado que no atisba su destino.

Sobre su obra pesó un prejuicio que aún respira en la actualidad: era una obra anacrónica, no estaba a tono con su tiempo. Aquellos años estuvieron dominados por el ángel de la vanguardia, que volaba justo al lado de la diosa de la originalidad. A nadie le pasaba por la cabeza entonces, sólo al atormentado Ramos Sucre, que lo anacrónico, que el pasado clásico, que la Edad Media, podían ser trabajadas con severidad y genio. Pues qué paradoja, señores, la obra de aquel oscuro funcionario diplomático, burocráticamente gomecista, gris salvo en el brillo de sus ojos azules, va ganando el corazón de los lectores, mientras la obra de su celebradísimo paisano, el simpático y valiente de Andrés Eloy, es un fruto que comienza a quedarse varado en los puertos. Pero ni la indiferencia hacia la poesía de Ramos Sucre, en su momento de aparición, ni la actual hacia los poemas de Blanco, son justas. Son, eso sí, expresión de una viejísima dolencia nacional: no nos leemos lo suficiente, no permitimos que nuestros autores nos acompañen, los dejamos pasar, inadvertidos.

En verdad, después del ensayo analítico que sobre la obra de Ramos Sucre publicó Carlos Augusto León en 1945, Las piedras mágicas, la generación de escritores de los años 60 es la que ha provocado la lógica ascensión de la obra del cumanés hasta el cielo que hoy ocupa. Entre ellos, los análisis de Guillermo Sucre son principales. Recientemente la prestigiosa editorial mexicana Fondo de Cultura Económica, publicó la obra poética de Ramos Sucre con un estudio introductorio de Sucre y la compilación de Katyna Henríquez. En él, con pertinencia, dedica un buen pasaje a polemizar con los críticos que han visto en el poeta a un hombre al margen de su tiempo. Tiene razón Sucre: buena parte de la crítica ha inferido fácilmente que un hombre de temas intemporales es un hombre fuera de la historia. Nada más falso, y Sucre demuestra con vehemencia que el poeta, lejos de ser un anacoreta, o un autista, vivía inmerso en la angustia de sus años, quizás con mayor nervio que los combatientes de entonces. Por supuesto, no es este el único interés que anima a Sucre en su presentación, ella es múltiple y diversa, pero no por ello dispersa. Todo lo contrario: una excelente introducción al mundo y la palabra de nuestro poeta fundamental.

La edición ofrece, al final, un conjunto de cartas que el poeta dirigió a su familia y a algunos pocos amigos. Entre ellas hay una que brilla por su elocuencia, me refiero a la que le envía a su hermano Lorenzo el 25 de octubre de 1929, meses antes de morir.

En ella abre su corazón maltrecho y se detiene en un período decisivo: la infancia. Dice: "Carúpano fue un encierro. El padre Ramos ignoraba por completo el miramiento que se debe a un niño. Incurría en una severidad estúpida por causas baladíes. De allí el ningún afecto que siento por él. Yo pasaba días y días sin salir a la calle y me asaltaban entonces accesos de desesperación y permanecía horas llorando y riendo al mismo tiempo. Yo odio a las personas encargadas de criarme. No acudía a papá por miedo. El padre Ramos era una eminencia y yo no era nadie, sino un niño malhumorado". La confesión sigue y despeja terrenos neblinosos sobre su infancia: si bien el padre Ramos le entregó los libros que lo hicieron un hombre culto, parece haber herido de manera irreversible su psique en formación. En aquella educación desalmada que recibió le fue inoculada la desgracia y la gloria. De esta última tenía una extraña conciencia, afirmaba en la misma carta: "Creo en la potencia de mi facultad lírica. Sé muy bien que he creado una obra inmortal y que siquiera el triste consuelo de la gloria me recompensará de tantos dolores". Esta obra levantada, como una catedral, sobre la semilla de la intolerancia y la violencia doméstica es ahora, más que nunca, compañía.

EL NACIONAL - VIERNES 3 DE SEPTIEMBRE DE 1999

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